Con el poder de tu divina Palabra fueron engendrados los animales de toda especie, con sus características, fines y diferencias. Quisiste que se complementaran y fueran fecundos; sin embargo, los hombres alteramos ese orden debido al influjo del mal.

 

Alteré ese orden y dejé de agradecerte. Consideré mis logros y éxitos como producto del esfuerzo personal, sin inspiración, ni intervención de tu parte. Todos los méritos me correspondían como fruto legítimo del trabajo y el sacrificio, con excepción de las ocasiones en las que conté con el apoyo de mi familia y de otras personas. Nunca tuve en cuenta que fuiste mi creador y me diste una serie de talentos y cualidades que tienen su origen y su sentido en Ti.


Mi vida espiritual era una serie de oraciones rutinarias, vacías de inspiración, motivadas por mis necesidades, por la costumbre,  la obediencia y el deseo de agradar a otros, o inspiradas por intereses personales, antes que por un deseo verdadero de conocerte e invitarte a entrar en mí. Establecí de esa manera una diferencia clara entre el tiempo de oración y mi vida cotidiana. No tenía la menor idea de que contigo la vida es oración constante, que cada acto puede recibir los méritos de tu divino Hijo, cuando se hace y se ofrece contigo y para Ti.

Cuando te pedí discernimiento sobre una posible vocación al sacerdocio, me dijiste claramente que ese no era un llamado para mí. Sin embargo, a pesar de la confusión y la angustia que experimenté por el hecho de no tener claridad acerca de mi situación, Tú preparabas y purificabas mi alma, me fortalecías. No  me daba cuenta de ello y más bien interpretaba que tu justicia estaba siendo implacable conmigo.


No supe entender este sufrimiento hasta que en tu misericordia empezaste a abrir mis ojos y a disipar las tinieblas de mis pecados. Mientras esto ocurría, me encerré en un mundo de pasadas glorias y reconocimientos extintos, sin darme cuenta de que mis pecados detenían la plenitud de tu misericordia, formando una barrera que impedía recibir tus bendiciones.


Actualmente (*1991) existe en mi vida una mezcla de pecado y deseo incipiente de santidad; de un pasado turbulento y un presente mixto entre el bien y el mal. En mi interior se debaten tendencias en las que funciona con bastante dificultad un freno de emergencia que misericordiosamente has infundido en mi voluntad para resistir y evitar el mal, el cual se muestra siempre recursivo, atrayente y deslumbrante. A veces asume una apariencia sofisticada, enigmática y oculta; en ocasiones se presenta como algo natural, espontáneo, aceptable e inofensivo; a veces irrumpe de una manera descarada, cruda y directa.


Dolorosamente lo digo, aunque Tú ya lo sabes: ante la presencia de ese mal, he sentido una impotencia desesperante, y otras veces, lo digo con pena y tristeza, he sentido una atracción intensa, irresistible y aterradora que me quiere consumir, como si el mal que está afuera quisiera hacerse uno con las tendencias que llevo dentro. Verdaderamente he vivido la afirmación de San Pedro cuando habla de aquel que anda como león rugiente, buscando a quién devorar.


Estoy dividido y vivo una contradicción constante. Mis defectos de carácter se mezclan con los excesos de mi personalidad, con las tendencias que llevo por dentro y el mal que percibo afuera. Como resultado de ello, se endurece con frecuencia mi corazón y mi conciencia se confunde, tanto en los detalles cotidianos como en los aspectos trascendentes.

Una manifestación de mi dureza y vaciedad es que cuando se presentan ciertas situaciones que para los demás son importantes, para mí no significan nada y son hasta molestas.


Mi dureza de corazón consiste en que durante muchos años fui poco sensible al dolor y al sufrimiento ajeno. Todavía conservo algo de esa insensibilidad, tal vez por el hecho de que no he vivido muchas de las circunstancias adversas de mi prójimo, o porque no tengo la facilidad de ponerme en el lugar de las otras personas y me resulta difícil comprender la intensidad y la gravedad de ese sufrimiento.

Creo que me he concentrado en mi propio dolor y no he dejado espacio en mi corazón para sobrellevar el dolor de otras personas. He subestimado la intensidad de esos sufrimientos, llegando a veces a considerar la posibilidad de que una u otra persona haya exagerado su situación. En diferentes ocasiones me ha ocurrido que el hecho de conocer o preocuparme por estas personas ha producido fastidio en mí. En otros momentos, he pensado que ese sufrimiento podría ser el efecto merecido de la justicia divina ante la maldad de esa persona.


Esta manera de ser no me resulta extraña, dado que viví durante muchos años sumergido en un egoísmo absoluto y desprecié las oportunidades de ejercitar la caridad.

Gracias a tu inspiración divina, me has ido mostrando que todos nosotros tenemos penas, frustraciones, heridas, sufrimientos secretos, y necesitamos de los demás para apoyarnos en la oración y en el servicio. Sin embargo, todavía es fuerte en mí esa actitud egoísta, especialmente en ciertas situaciones.


Viene a mi mente el pensamiento de que, así como el sacrificio de tu Hijo tuvo mérito para todos los hombres, sin barreras de tiempo ni lugar, así también mi maldad, egoísmo y resistencia, tuvieron su parte de responsabilidad en los sufrimientos de tu Divino Hijo y en los obstáculos que los hombres pusieron para resistir y no desear su venida al mundo. Por ellos y por mí te pido perdón e invoco tu piedad.

 

Quiero desde ahora alabar y engrandecer tu santo nombre. Clamo por la conversión de mis hermanos y para que el nombre de tu Hijo sea conocido en todo el mundo.

Quiero hacer estas peticiones con determinación, fe y confianza absoluta, sin perder de vista mi imperfección, con profunda humildad y arrepentimiento. Quiero levantarme sobre mi humanidad y luchar con amor por el bien de mis hermanos; que te agrade mi humildad y abras generoso las puertas de tu amor y tu misericordia.


Quiero darte gracias por tu bondad, llenarme de  ese amor divino, pedir tu bendición siempre que me halle en tu divina presencia.

Gracias, Señor!


   * 1991: Año en el cual escribí este documento, después de haber leido el escrito de la religiosa mística.

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