Quisiste embellecer aún más tu obra y formaste los cuerpos celestes en abundancia y diversidad infinitas. Les diste un orden, unas características, unas funciones. Todo lo sujetaste a tu sabiduría y regalaste tesoros de gracias y beneficios a los hombres, pero nosotros despreciamos ciegamente tus obsequios y nos privamos de la participación de tu misma divinidad.


Nos diste la vida, y con ella, la gracia de tu Espíritu. Acompañaste este maravilloso don con bendiciones abundantes en el intelecto, el corazón y nuestra manera de ser. Lo he constatado en mi vida, en mi familia y en los demás. Junto con tus bendiciones, también se han filtrado los defectos, las tendencias inadecuadas y todo lo que contrasta con la pureza y la perfección con las cuales nos creaste. Particularmente, en medio de mis defectos, dispusiste un conjunto de características adecuadas para la vida a la que me llamaste. Y en tu infinita sabiduría, habías contemplado que, en el momento adecuado, a pesar de mi camino equivocado, tendría la posibilidad de volver mis ojos a ti.


Me asombra ver tu acción en mí. Cuando leía en el salmo 38: “Tú me sondeas y me conoces”, yo estaba convencido que eso lo estaba diciendo el salmista basado en alguna situación personal. Pero no sabía que esa expresión refleja una realidad concreta, cierta y poderosa, que trasciende los siglos y se mantiene intacta y vigente, generación tras generación. No sabía que esa frase fue inspirada también para mí y para cada persona. No puedo explicar ni describir el asombro que experimenté cuando permitiste en mí esa luz interior para que pudiera darme cuenta de esto. Quedé aturdido y sorprendido porque hablaste directamente y en tiempo real, a mi mente y a mi corazón, con una suavidad, valga la expresión, profundamente impactante. Pude constatar la realidad de tu existencia y el palpitar de tu vida. Nadie puede afirmar eso válidamente si tú no lo inspiras, y en mi caso, así suene vanidosamente orgulloso, he vivido lo que tú me has inspirado y no puedo dejar de afirmarlo, aun a riesgo de ser mal interpretado.


Me admira ver y constatar la grandeza de tu amor y tu misericordia, al derramar sobre mí, bendiciones excelsas en medio de las imperfecciones que me caracterizan. Me parece inaudito que, siendo como soy y obrando como lo hice en el pasado, me hayas obsequiado regalos tan preciosos como el perdón, la caridad, el amor, la misericordia, y, en una etapa posterior de mi vida, la paz, el gozo y la alegría.


Cuando una persona falla repetidamente, diríamos, irremediablemente, debe ser corregida, orientada, advertida, sancionada o removida. Resulta inconcebible premiar a esa persona, por ejemplo, con un aumento de sueldo, un ascenso, o, llevando las cosas al extremo, nombrándola en un cargo directivo. Pues todo eso que resulta inconcebible lo has venido haciendo conmigo, al depositar en mí una confianza total, como si nunca te hubiera fallado. Al mismo tiempo que conoces mi historia, me das más y más bendiciones, como si tuvieras mala memoria, o te hicieras el despistado acerca de mi pasado. Tu amor es total, en tiempo real, y desborda toda lógica humana.

La belleza de tu amor produce en mí un dolor profundo al saber que he perdido tiempo y he desperdiciado parte de mi vida. No puedo reparar  todos los daños que me he causado, que he causado a otras personas y las ofensas que te he hecho. Entiendo parcialmente el efecto de mis pecados y hago la comparación de ellos como cuando se salpica una prenda delicada con gotas de líquidos corrosivos o indelebles, ante los cuales humanamente no hay nada qué hacer para restaurar la prenda deteriorada.

 

Al mismo tiempo, entiendo perfectamente cuando dijiste en tu Santa Palabra que para los hombres es imposible salvarse, pero Tú sí puede salvarnos. Me has permitido sentir momentáneamente la fuerza de tu amor, y solo puedo decir que es una fuerza tan grande, que nada puede resistirse a ella, y nadie puede menguarla.


Sintiendo tal derroche de amor en mi corazón, he visto que no he correspondido debidamente a tu inmensa bondad y que mi habitual ingratitud llega a ser incluso tenebrosa. Nunca lo supe plenamente hasta ahora, porque mi actitud frecuente fue la de esperar siempre que los demás me agradecieran, en lugar de agradecer tantos beneficios recibidos de ellos, asumiendo pretensiosamente que muchos de estos favores eran una obligación de parte suya.


Al principio, hace varios años, cuando verdaderamente empecé a darme cuenta de mi ingratitud, sentí remordimientos terribles y hasta pensé que iba a morir de pena moral, pero con el paso del tiempo me ayudaste a entender, poco a poco, que tu Sangre preciosa puede limpiar los pecados más graves y dejarlos blancos como la nieve. A partir de ese momento disminuyó la rigidez y el rigor conmigo mismo, se aplacó paulatinamente la fuerza de mis remordimientos y empezó a surgir un deseo incipiente, pero sincero, de practicar la caridad y la misericordia, primero conmigo y luego con los demás.


Sin embargo, los recuerdos tormentosos aún irrumpen esporádicamente en la conciencia. He sentido una angustia terrible al experimentar el paso del tiempo y constatar que no he logrado hacer nada verdaderamente útil en la vida, nada que pueda presentarte cuando me llames a tu presencia; no he dado frutos buenos, abundantes, ni duraderos; no he obtenido nada de lo que creía honesto y deseable (ni siquiera lo básico, como una realización profesional o personal, la formación de un hogar, o la realización de algún proyecto de vida), nada de lo que quisiera insistentemente hacer para reparar tanto daño causado. Quiero ofrecer el dolor de mi alma,  rechazar lo malo y coronar mi corazón de espinas y dolores reparadores (cosa muy diferente de una actitud masoquista, aclaro), en compensación por lo que hice, lo que aún hago y lo malo que hacen los demás seres humanos.


Quiero llorar y preparar mi corazón con esta disposición para que me hagas partícipe de tus tesoros, y esto no tanto para tener riqueza en algún sentido, sino para que cumplas tu amoroso anhelo en mí y edificar así a mis hermanos.

 

Gracias, Señor!

 

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